Es un gran hombre, por lo que he podido ver. Yo suelo mirar a los ojos a la gente, y los de este hombre decían muy claro que él carga con mucho peso, pero ni una sola parte de culpa.
A pesar de todas las fatigas que ha pasado, Fernando (me referiré así a él aunque no es su nombre) sigue con un pensamiento claro acerca de lo que está bien o mal, y nunca ha caído en negocios fáciles a pesar de haber tenido ocasión.
Ha llegado a ver un banco en el que había ocurrido un intento de robo abierto y con las cámaras tapadas, pudiendo coger lo que quisiera. Él buscó la forma de avisar a la policía en lugar de llenar sus bolsillos. Ha podido sacar dinero fácil descargando cargamentos de droga, pero él ha aprendido a verla como algo terrible, y se ha negado porque dice que no puede matar a nadie, y que para él eso es ayudar a destruirse.
Además, con toda la perspicacia de un hombre de la calle, es consciente de que algo así podría suponer tener que andar siempre en ese mundo, a riesgo de sufrir cualquier desgracia para protegerse aquellos que lo metieran allí. Sabe que ese destino no es para él.
No niega que a veces se plantea esas posibilidades. ¿Cómo no hacerlo? Fernando lleva 5 años en la calle.
De estos cinco años me ha contado algunas cosas. Su manera de vivir es simple: lleva todas sus cosas en una maleta, y viaja a menudo, con un compañero que no estaba con él mientras hablábamos, en busca de un nuevo albergue donde poder dormir. Todo porque los huesos de estos pobres hombres están destrozados de dormir en el suelo. Los cajeros tal vez los resguarden algo del frío o la lluvia, pero no los hacen olvidar la dureza de la vida que llevan, más bien se la recuerdan cuando les impide descansar y les muelen los huesos.
Su vida era muy diferente antes. Solía tener trabajo, un poco de todo. Ha estado de camarero, en la obra, ha recogido todo tipo de frutos en distintas épocas de cosecha. La impresión que me deja es la de una persona honrada y muy trabajadora, que solo busca aferrarse a un nuevo trabajo mínimamente digno. No es tanto lo que pide, pero hoy en día parece imposible.
Tenía una zona de campo tras la casa donde solía vivir, y crió allí un perro. No recuerdo que raza me dijo, pero era grande: 110 kilos. Y de pie, más alto que él. Le tenía muchísimo cariño, y estaba perfectamente educado. El perro no molestaba a nadie que entrara en la casa cuando el dueño se encontraba allí, pero de noche o si la casa estaba vacía no permitía que pasara nadie. Jamás se acercó a la carretera aun estando suelto, y cuando iban a alguna parte si salía a la calle él mismo cogía la correa. Estas son solo algunas de las muestras que me da de la educación que dio a su perro.
En general, le encantan los animales. Me cuenta que sus abuelos tenían cabras, y él se encargó de una hasta tener que alimentarla de biberón. Su abuelo quiso venderla, pero él se había encariñado de la cabra que estaba cuidando con tanto esfuerzo. Por eso, cuando un hombre vino a comprar cabras, él escondió la suya debajo de su cama hasta que se fue.
Por anécdotas así lo creo cuando me dice que le dolió dejar a su perro Gran atrás (¿Se escribirá así?). Pero no fue lo único. A Fernando aún le queda familia, aunque poca. Tiene un hermano, y éste hijos. Por su situación económica, también muy precaria, no puede ayudar como le gustaría a Fernando, sabiendo el estado en que se encuentra. Cuida a su manera de ellos: “por supuesto, cuenta de lo que te he dicho lo que quieras. Pero no me hagas fotos, tengo sobrinos y cuando crezcan no quiero que me tengan que ver así. Claro que lo saben, pero que no tengan que verlo".
Su familia no puede prestarle ayuda, pero otros pueden y no lo hacen. No será la primera vez que pida en alguna ONG, y lo rechacen porque no es una persona en riesgo de exclusión social. No son estas las palabras que él me dice, pero yo ya lo he escuchado de otras voces. No le dan ni para comer, mientras ve cómo ayudan a otros. Él no lo admite como tal, pero se siente herido ante el rechazo a la hora de encontrar ayudas que tratan de gestionarse para alcanzar a la mayor cantidad de gente posible y llegar a quienes más lo necesitan, pero que a veces por sus estrictas normas en el reparto dejan fuera a gente como él, tan necesitado como los demás.
Cuando le digo que me gustaría ayudarlo me dice una frase que se me clava “tú no puedes ayudar". Para él, quienes pueden son los que han hecho que ahora las cosas vayan mal, los de arriba. Yo quiero demostrar que se equivoca. Que aunque yo no puedo cambiar las cosas, ni darle un trabajo, puedo ayudarlo. Esta es mi forma de hacerlo: contar un poco de su historia y esperar que todos los que la leáis queráis ayudar tanto como yo.
A pesar de todas las fatigas que ha pasado, Fernando (me referiré así a él aunque no es su nombre) sigue con un pensamiento claro acerca de lo que está bien o mal, y nunca ha caído en negocios fáciles a pesar de haber tenido ocasión.
Ha llegado a ver un banco en el que había ocurrido un intento de robo abierto y con las cámaras tapadas, pudiendo coger lo que quisiera. Él buscó la forma de avisar a la policía en lugar de llenar sus bolsillos. Ha podido sacar dinero fácil descargando cargamentos de droga, pero él ha aprendido a verla como algo terrible, y se ha negado porque dice que no puede matar a nadie, y que para él eso es ayudar a destruirse.
Además, con toda la perspicacia de un hombre de la calle, es consciente de que algo así podría suponer tener que andar siempre en ese mundo, a riesgo de sufrir cualquier desgracia para protegerse aquellos que lo metieran allí. Sabe que ese destino no es para él.
No niega que a veces se plantea esas posibilidades. ¿Cómo no hacerlo? Fernando lleva 5 años en la calle.
De estos cinco años me ha contado algunas cosas. Su manera de vivir es simple: lleva todas sus cosas en una maleta, y viaja a menudo, con un compañero que no estaba con él mientras hablábamos, en busca de un nuevo albergue donde poder dormir. Todo porque los huesos de estos pobres hombres están destrozados de dormir en el suelo. Los cajeros tal vez los resguarden algo del frío o la lluvia, pero no los hacen olvidar la dureza de la vida que llevan, más bien se la recuerdan cuando les impide descansar y les muelen los huesos.
Su vida era muy diferente antes. Solía tener trabajo, un poco de todo. Ha estado de camarero, en la obra, ha recogido todo tipo de frutos en distintas épocas de cosecha. La impresión que me deja es la de una persona honrada y muy trabajadora, que solo busca aferrarse a un nuevo trabajo mínimamente digno. No es tanto lo que pide, pero hoy en día parece imposible.
Tenía una zona de campo tras la casa donde solía vivir, y crió allí un perro. No recuerdo que raza me dijo, pero era grande: 110 kilos. Y de pie, más alto que él. Le tenía muchísimo cariño, y estaba perfectamente educado. El perro no molestaba a nadie que entrara en la casa cuando el dueño se encontraba allí, pero de noche o si la casa estaba vacía no permitía que pasara nadie. Jamás se acercó a la carretera aun estando suelto, y cuando iban a alguna parte si salía a la calle él mismo cogía la correa. Estas son solo algunas de las muestras que me da de la educación que dio a su perro.
En general, le encantan los animales. Me cuenta que sus abuelos tenían cabras, y él se encargó de una hasta tener que alimentarla de biberón. Su abuelo quiso venderla, pero él se había encariñado de la cabra que estaba cuidando con tanto esfuerzo. Por eso, cuando un hombre vino a comprar cabras, él escondió la suya debajo de su cama hasta que se fue.
Por anécdotas así lo creo cuando me dice que le dolió dejar a su perro Gran atrás (¿Se escribirá así?). Pero no fue lo único. A Fernando aún le queda familia, aunque poca. Tiene un hermano, y éste hijos. Por su situación económica, también muy precaria, no puede ayudar como le gustaría a Fernando, sabiendo el estado en que se encuentra. Cuida a su manera de ellos: “por supuesto, cuenta de lo que te he dicho lo que quieras. Pero no me hagas fotos, tengo sobrinos y cuando crezcan no quiero que me tengan que ver así. Claro que lo saben, pero que no tengan que verlo".
Su familia no puede prestarle ayuda, pero otros pueden y no lo hacen. No será la primera vez que pida en alguna ONG, y lo rechacen porque no es una persona en riesgo de exclusión social. No son estas las palabras que él me dice, pero yo ya lo he escuchado de otras voces. No le dan ni para comer, mientras ve cómo ayudan a otros. Él no lo admite como tal, pero se siente herido ante el rechazo a la hora de encontrar ayudas que tratan de gestionarse para alcanzar a la mayor cantidad de gente posible y llegar a quienes más lo necesitan, pero que a veces por sus estrictas normas en el reparto dejan fuera a gente como él, tan necesitado como los demás.
Cuando le digo que me gustaría ayudarlo me dice una frase que se me clava “tú no puedes ayudar". Para él, quienes pueden son los que han hecho que ahora las cosas vayan mal, los de arriba. Yo quiero demostrar que se equivoca. Que aunque yo no puedo cambiar las cosas, ni darle un trabajo, puedo ayudarlo. Esta es mi forma de hacerlo: contar un poco de su historia y esperar que todos los que la leáis queráis ayudar tanto como yo.
Para que el blog genere beneficio no basta con ver la publicidad, hay que pinchar en ella. Los beneficios que este blog genere durante el tiempo que tarde en publicar la historia de otra persona irán directos para Fernando, cuya historia es real y con el que hablé mientras pedía en la calle.
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