Estoy enamorada.
Y no me pregunten como es que me acabo de dar cuenta, pero es que cada día esto es una nueva experiencia. Al principio fue un sentimiento quebradizo, aturdido por la incomprensión y el miedo. No podía ser: ¡yo de nuevo enamorada! Yo, la que iba a ser soltera porque el amor es una atadura contraria a mi lograda libertad. Yo no podía estar enamorada, por favor otra vez no. Después vino la duda: ¿y si él no siente igual? Ah, terrible no correspondencia, con qué pánico te imaginé por momentos. Más tarde era la culpa asomaba ¿y si había dado un paso en falso y no era para tanto lo que sentí? Después el tanteo de los primeros pasos. Amoldarse parecía cosa imposible. ¡Y resultó tan sencillo! Entonces el descubrimiento. No éramos como las parejas normales. ¡Pero si ni nos consideramos como muchos jóvenes normales! Entonces debimos reinventar las normas, para al final decidir romper la mayoría de ellas. En ese paso tal importancia cobraba la forma, que en ocasiones olvidaba un poco el fondo. Otras veces, cuando la relación parecía aforme, fue el trasfondo del amor que nos teníamos el que sacó adelante un «nos» que ahora se disfruta. Pero en esos pasos dolía querer, porque apenas sabíamos como hacerlo.
Y llegó la paz. Un tiempo tranquilo y hermoso en el que los problemas parecían desaparecidos. El miedo a querer estaba olvidado, y aprendí a sentir como una niña de nuevo. Volví a sonrojarme al hablar de él, como cuando peque. No conocía a nadie que pasada la adolescencia aún tuviera esa vergüenza. Fue una época maravillosa.
Y acabó la tregua. Cuando por fin nos sentíamos a gusto dentro de la relación, llegaron los problemas desde fuera. Ese escenario que no habíamos planteado: nuestras vidas van avanzando, a veces a saltos. Esta vez me tocó pasar por una dificultad insalvable en lo personal que afectó gravemente a la relación. Volvió el miedo: ¿será más fuerte la realidad que ese «nos»? Caí en la incertidumbre de no poder conocer lo que pasaba por su mente. ¿Y si ya no quería estar conmigo? Yo no lo podría soportar. Fue una época difícil, con el mundo en mi contra y la gente un poco más.
Pero pasó. Ahora estamos de nuevo en paz, aprendiendo a disfrutar el uno del otro a ritmo lento, a ser partícipes y no protagonistas en nuestras vidas. Un mero espectador de la narración a través de lo escrito o la voz. La condena de los amantes en la distancia.
Durante todo ese tiempo no he dejado de descubrir cada día un poco de amor nuevo, que no sé de qué pozo va saliendo. Y cada día ese poquito es distinto, nunca el mismo, nunca de la misma forma. Así que ahora me doy cuenta, como el primer día cuando no quise creerlo y tuvieron que mostrármelo, de que estoy enamorada. Que lo quiero, y que mientras él sea el él que es quiero seguir siendo yo para poder quererlo. Y crecer juntos, como sin dejar de ser niños juntos crecemos.
sábado, 27 de junio de 2015
¿Desde cuando yo escribo tan largo?
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